El servicio de la Iglesia al mundo: la DSI.
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Aprovechando la festividad de la Inmaculada Concepción de María, que da la casualidad que viene unida en el calendario a la festividad de la Constitución española, creando un puente o acueducto, según el año, que libera de carga laboral el último trimestre del año, justo antes de las fiestas navideñas, quería hacer una reflexión sobre una realidad que me ha impactado por varias vías en los tres últimos días: las enormes carencias de una parte importante y cada vez más visible de la población española. Hemos comprobado, mi familia y yo, en una ciudad castellana de rancio abolengo, la proliferación de personas apostadas en las esquinas, acurrucadas en los portales o en pie con la cabeza gacha en cualquier parque público, pidiendo algo de dinero para alimentar a sus hijos, encontrar un lugar donde refugiarse de las gélidas temperaturas, o reclamando algún tipo de ayuda para sobrellevar las circunstancias.
En esto me ha llegado otra información tan lacerante como la anterior y que hace cuestionar más si cabe las conciencias de todos los que nos sentimos concernidos ante la miseria moral y humana que se extiende a cada decisión que toman las autoridades contra, dicen, la crisis. Hablo de los suicidios y de la más que probable ocultación de las causas "hipotecarias" de muchos que son computados como suicidios habituales. Aunque todo suicidio es un drama en sí mismo, no es indiferente la causa, pues de esta dependerá tanto la valoración moral que pueda hacerse, como la búsqueda de supuestos inductores y soluciones plausibles. La pregunta que nos asalta es ¿por qué lo hizo?, qué motivó el paso al acto definitivo, por qué no hubo un freno en el último instante. Hace falta mucha determinación para poner fin a la propia existencia, o bien es necesaria una fuerte sensación de indignidad personal, vergüenza social y carencia absoluta de esperanza. Lo grave aquí es que cada vez hay más personas que encuentran las suficientes fuerzas para llevar a término su propósito, o no tienen ninguna esperanza en que mañana pueda ser mejor.
Sin embargo, la pregunta que me anda rondando estos días y que de verdad me lacera no es por qué lo hacen. Creo que es difícil juzgar a alguien que se ha quitado el don más precioso de que dispone, la propia existencia, como medio para el encuentro con los otros y, al fin, con Dios mismo. Cuando veo tantos seres humanos cayendo en la indigencia, sumiéndose en un abismo de miseria del que no podrán salir ya por sí mismo, mientras a su alrededor prosigue la fiesta consumista entre los que no hemos caído en la lacra del paro y más aún entre los que en estos tiempos no dejan de aumentar sus fortunas a costa de las colas del INEM y las listas de desahucios; cuando veo cómo los gobernantes siguen aplicando un plan perfectamente diseñado para expropiar lo público y salvar a los que jugaron en el casino del capitalismo mundial, mientras centenares de miles de conciudadanos, que solo intentaron vivir dignamente en una casa propia, son expropiados de su techo y arrojados a la indignidad social de la beneficencia pública o privada; cuando veo, al fin, que sacan pecho los que nos han robado a manos llenas y además nos hacen culpables de nuestra situación, mi pregunta no es por qué aquellos dieron el paso definitivo, el salto mortal final. No, mi pregunta, la pregunta que me planteo a mí mismo es: ¿por qué no damos nosotros ese paso definitivo?, ¿qué es lo que nos impide pasar al acto? Pero no el del suicidio, sino el de la acción social definitiva que ponga fin a tanta indignidad social, a tanta corrupción moral, a tanta miseria política, a tanta...
Mi cuestión ahora es qué nos frena para cambiar esto de una vez, por qué seguimos plácidamente sentados en casa, acudiendo al trabajo, llevando los niños al colegio, riendo un chiste o contando un cuento al acostar a los hijos. De alguna manera, siento aquello que dijera Adorno sobre la poesía tras Auschwitz: viendo lo que vemos, la vida no puede ser normal. Como sucede con el dogma de la Inmaculada, Dios hace posible lo imposible, hagamos nosotros también posible lo imposible, hagamos una revolución de lo humano, que nadie se sienta tranquilo mientras un hermano esté en necesidad, que las circunstancias no sean un impedimento para el paso al acto definitivo; que nuestra existencia sea un hacer posible en nuestras vidas aquello que se nos antoja imposible de hacer. Parece imposible dejar de pagar las deudas, parece imposible otra política, parece imposible repartir las riquezas, parece imposible abandonar el consumismo, parece imposible... que el Hijo de Dios nazca de una virgen.
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Si la cara es el espejo del alma, en el caso de Díaz Ferrán su alma será pedernal inquebrantable. Un ser humano de estas características morales, capaz de defraudar, engañar y estafar a los que han sido puestos a su cargo y al resto de la sociedad, no parece tener aquello que identifica a los seres humanos y los distingue del resto de las criaturas: el principio anímico y espiritual que lo eleva a la categoría de un ser "poco inferior a los dioses". No, este sujeto, ahora incluso con grilletes, es el vivo ejemplo de la depravación moral a la que ha llegado la sociedad contemporánea. En su día fue capaz de decir que la única manera de salir de la crisis era trabajar más y cobrar menos; que todos los problemas de la economía española venían derivados de la rigidez del marco de relaciones laborales; que el empeño de los sindicatos por defender prebendas ponía en riesgo a las empresas; que el ambiente para los negocios no era el adecuado en España y que, para más escarnio, su máxima preocupación en su vida eran sus trabajadores, esos mismos a los que dejó vendidos al traspasar su empresa a un fondo de inversión de los conocidos como "buitres", expertos en destruir cualquier condición que haga digno el trabajar.
El señor Díaz Ferrán no es un empresario, es un impostor y caradura que ha sabido aprovechar contactos, vínculos y una cierta dosis de suerte en el momento del auge económico. Como tantos otros, tenían una empresa, no como una forma de vida, como una dedicación a los demás, como un servicio a la sociedad que, además, proporciona bienestar para él y su familia. Sus empresas eran, en sus propias palabras, "billetes de loteria". Esta es su concepción de la empresa, nada que ver con el bien común o con el servicio a los demás. Un décimo de loteria, si toca me forro y si no lo tiro a la basura. Lejos de ser un pensamiento extraño, siendo, como fue, el máximo responsable de los empresarios españoles, refleja el modus essendi del empresario medio: un señor que busca medrar, que no tiene reparos en ninguna práctica ilegal, que desprecia lo común y que solo quiere, por encima de todo, su propio y único bienestar. Así son la mayoría de empresarios de este país. Los hay distintos, los hay que se dejan el alma en lo que hacen, los hay que son capaces de perder dinero antes de dañar a otros, pero son los menos. Son los que viven la experiencia empresarial como un servicio, como una misión, casi héroes. Pero el común de los mortales empresarios tienen a Díaz Ferrán como santo patrón, o a Rosell, o peor, a Arturo Fernández, un señor que no pierde ocasión para despotricar contra lo público, mientras sus empresas viven, única y exclusivamente, de contratos con lo público. Así son y por eso así nos va.
Mi más profundo respeto por aquellos que dedicando su saber, esfuerzo y patrimonio, intentan cada día hacer algo que beneficie a la sociedad, pero mi más profundo desprecio por esta caterva de arrimados al poder y vividores de lo colectivo que tanto daño han hecho, hacen y seguirán haciendo. Muy lejos del discurso oficial del neoliberalismo, cuando el empresario pone un capital para invertir en una empresa, no arriesga nada, lo que hace es intentar que ese capital siga cobrando vida cada día, pues el capital, por sí mismo, está muerto, es un zombi que necesita vida para seguir adelante. Lo importante en las empresas son las personas, todas las personas. El capital, y dentro de él el dinero, no son más que instrumentos que nos permiten producir los medios de subsistencia de la sociedad. Si se utiliza bien, todos viviremos mejor, pero si se utiliza para la especulación, el enriquecimiento individual o el gasto suntuoso, el capital puede ser el peor enemigo del hombre. A las pruebas me remito.
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Lo recuerdo bien, demasiado bien como para dudar de su veracidad. Corría el año 1986. Yo era un chaval que pululaba por los pasillos de un instituto de bachillerato recién estrenado, donde todo estaba por hacer. En segundo de B.U.P., algunos empezamos a organizarnos. Retomamos la labor de editar la revista del Instituto, formamos un comité que sería el embrión del Sindicato de Estudiantes, creamos un premio literario para azuzar la creación artística y pusimos en funcionamiento un ciclo de cine forum en Super 8 para reunir al mayor número de alumnos alrededor de una buena peli. El alba de la propia vida parecía despuntar y por fin, aquellas necesidades interiores se cumplían.
Todo esto fue alentado por unos profesores que supieron empujar sin arrollar el espíritu juvenil, e hicieron de la experiencia en un centro de estudios algo más que la mera transmisión de conocimientos. Antes de que la nueva jerga pedagógica se impusiera, aquellos verdaderos maestros la ponían en práctica sin necesidad de ninguna elaboración teórica. Nosotros, jóvenes de los ochenta, lo aprendimos por nosotros mismos. Por eso, porque veíamos la posibilidad de crecer y de cambiar el mundo, podíamos comprometernos con nuestro entorno inmediato para buscar un sentido más allá de lo dado. El centro de estudios no era, al menos yo no lo vivía así, un lugar para buscar la promoción laboral y conseguir altos ingresos que nos permitieran vivir holgadamente. Entre nosotros, al menos entre los que nos movíamos, la idea era mejorar el mundo y a nosotros mismos en el proceso. Queríamos construir una realidad que fuera mejor que la que teníamos y lo queríamos para todos.
En aquellas fechas fue cuando llegó Blade Runner. La idea de visionar la película partió de los profesores, jóvenes, del departamento de matemáticas. Pensándolo ahora creo que sería por la cuestión de la identidad personal y la posibilidad de un mundo donde la informatización ocupara todos los ámbitos de la existencia, pero es una suposición, nunca más los he vuelto a ver. El visionado se hizo en la biblioteca del centro, en una televisión con vídeo VHS. No disponíamos aún de proyector ni de una sala apropiada. Recuerdo que llegué tarde aquel miércoles de actividades extracurriculares. Me tuve que situar al final de una sala atestada. Todos los espacios estaban saturados: las sillas, el suelo, las mesas en los laterales, incluso detrás de la propia pantalla había alumnos. Todos en silencio, concentrando nuestra atención visual par poder deducir lo que había en la pantalla. No, no recuerdo nada de la película en aquel día, todos mis recuerdos de la misma son posteriores, pero sí se me quedó gravado, como a fuego, dos sensaciones, impresiones o ideas. La primera, que la ilusión por vivir es superior a los impedimentos de la vida misma; segunda, que el mundo sería muy feo de no hacer nada para remediarlo.
Dentro del campo semántico Blade Runner, en mí está incluida la necesidad del compromiso y la búsqueda de un mundo mejor. Aunque eso no pueda sustanciarse del film, en mi experiencia personal está asociado y eso es lo que en mí "salva" a Blade Runner. La salvación puede vivirse en cualquier realidad humana, a partir de cualquier experiencia, dentro de cualquier circunstancia. Esto es lo que significa para mí Blade Runner, independientemente de lo que digamos hoy en la Mesa, e independientemente de lo que una crítica de cine avisada pueda decir. En mí nada cambiará ese significado, pues está unido de forma indeleble a mi persona. El día de la resurrección de los muertos, Blade Runner resucitará conmigo.
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