El ser humano es capaz de cambiar su mundo


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08.01.2013 11:10

El servicio de la Iglesia al mundo: la DSI.

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*En muchas y diversas circunstancias, la Iglesia ha olvidado el sentido último de su ser en el mundo: estar al servicio de los hombres construyendo el Reino de Dios. Según el Concilio Vaticano II, la Iglesia es sacramento universal de salvación (LG 48),pero como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres (LG 8). De esta manera demuestra que no impulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido (GS 3). Este servicio se expresa de dos modos muy concretos: uno como servicio a la verdad y por tanto como crítica a todo cuanto se oponga al bien de los hombres, el otro como servicio a los oprimidos en medio de un mundo lleno de injusticia con la que muchos hombres de hoy siguen pretendiendo ocultar la verdad del amor de Dios.
Al vivir en medio del mundo como expresión de los valores del Evangelio de Jesús de Nazaret, la Iglesia continúa la misión iniciada por el mismo Jesús y encomendada a sus discípulos y discípulas para toda la historia. Esta misión conlleva una existencia liminal en medio de un mundo herido por el pecado, pues no se puede pertenecer al mundo sin hacerse partícipe de su pecado. La única manera de ser instrumento de salvación sin dejarse atrapar por las redes del mal es estar en el mundo sin ser como el mundo. Esto es lo que denominamos liminalidad. Esta situación es ambigua, pues de un lado exige estar incorporados en los instrumentos de organización de este mundo, pero, a la vez, reclama de la Iglesia una posición externa, una radical alteridad respecto a los modos y medios por los que este mundo se perpetúa como opresión de unos contra otros y como injusticia lacerante.
La acción caritativa es la vivencia del amor de Dios que experimenta la Iglesia, el instrumento para poner remedio a los sufrimientos de los hombres. Por la Caridad, la Iglesia es capaz de reducir los padecimientos de tantos hijos de Dios que no disponen de lo mínimo para mantener la dignidad de la imagen divina que portan. Esta imagen se ve deformada por el pecado del mundo, un pecado tanto personal como estructural que desfigura y afea la Creación de Dios, Su voluntad de entrega a los hombres. Esta acción kenótica divina, que es la creación del mundo, se ve continuada en la entrega de Cristo en la cruz del Imperio romano y en la entrega diaria de tantos fieles que dejan de lado su interés egoísta y se dan hasta el extremo de una negación de la imagen de este mundo en ellos y del ser solipsista que lo define.
De la misma manera que la Caridad exige vivir la experiencia del amor de Dios en medio del mundo, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) expresa su estar en el mundo de forma crítica. Viene a ser la continuación de la denuncia de los profetas y de la crítica de Jesús ante la injusticia del mundo. No es suficiente con la proclamación del Evangelio, es necesario estructurar la crítica de forma sistemática con el fin de poder responder a todas las cuestiones que suscita el mundo actual: el problema medioambiental, la superpoblación, el consumismo, el subdesarrollo, la guerra y la industria de armamentos… Muchos son los problemas y variadas las posibles soluciones, y la Iglesia necesita tener un cuerpo de doctrina que le permita valorar este mundo con el fin de acercarlo al Reino. Pero, como bien dice la propia DSI, no se trata de ninguna opción política concreta, aunque sí se trata de Política, así, con mayúscula, porque es el modo en el que los hombres se organizan. El pecado y la injusticia dependen de este modo de organización, de la misma manera que la salvación y la justicia dependen de otro modo de organización.
Desde los tiempos en los que la cuestión social se hizo ineludible, la Iglesia ha ido acumulando un conjunto de textos con cierta coherencia orgánica y que permiten ver una orientación en la concepción del mundo que es reflejo del Evangelio y adaptación de toda la Tradición sobre la justicia, la moral social y la política. Aunque la DSI es un corpus nacido con la encíclica Rerum Novarum de León XIII, su existencia hay que buscarla mucho más atrás. Podemos rastrear estas intenciones en los reformadores de los siglos XII y XIII, así como en los grandes místicos posteriores. Pero, también hay que buscar en los Santos Padres, tanto latinos como griegos, aunque en especial estos últimos. Y, cómo no, hay que ir al Nuevo Testamento y los profetas, hasta llegar al momento fundante de la preocupación por la organización del mundo: el Éxodo. En aquel momento histórico, un grupo de esclavos oprimidos por uno de los grandes imperios, experimenta el amor de Dios como liberación de la situación de pecado que es un Imperio. Es decir, la DSI es la expresión actual de toda la historia de crítica profética y de acción liberadora de la tradición juedocristiana. Aunque sí es cierto que la DSI se ha quedado más en lo teórico y ha dejado la acción práctica a la Caridad del fiel o a los instrumentos organizados de esta Caridad.
La Iglesia, creo, debe ser consciente y no olvidar nunca, en su acción social, que es seguidora de un ejecutado por el mayor imperio de la historia hasta aquel momento. Su ser crítico debería llevarle a la superación de este mundo, no sólo a la crítica del mismo. En esta Globalización postmoderna, en este Imperio Global Postmoderno (IGP), es imprescindible proponer una alternativa radical, de eso se trata en esta reflexión que proponemos: proponer los límites y las carencias, pero también los aciertos y virtudes, de la acción social de la Iglesia en medio de un mundo herido por las injusticias lacerantes de una Globalización del Capitalismo que supone el mayor ataque contra la posibilidad de pervivencia de la humanidad. La Iglesia, el cristiano, no puede servir a dos amos, si sirve a éste mundo, un mundo de  injusticia y pecado, que lleva la muerte inútil de millones de seres humanos, mientras unos pocos despilfarran los recursos arrancados en vano a la naturaleza, se convertirá en cómplice del mal y legitimadora de la injusticia; si sirve a Dios, pondrá en práctica todo su ser en el mundo para proponer una alternativa radical que nos empuje hacia el Reino de Dios, y lo hará bebiendo de las fuentes más puras de su Tradición: el Evangelio de Jesús de Nazaret, los profetas del Antiguo Testamento, los Santos Padres y los grandes reformadores. En esta línea, la DSI puede ser una continuación en la apuesta por el Reino o un giro que nos deje amarrados a un mundo que se hunde sin remedio.
Como hemos explicado en otro lugar, este es un mundo en quiebra, una organización sociopolítica e histórica que ha llegado a su fin y se resiste a desaparecer. Las dos próximas décadas va a ser críticas para la pervivencia de la civilización tal y como la conocemos. Cuatro crisis se ciernen sobre el mundo que amenazan su supervivencia: la espacial, la energética, la ecológica y la económica. A estas cuatro se une la peor de todas: la moral. El mundo globalizado postmoderno tardocapitalista ha derrochado la enorme reserva de recursos y ha dilapidado el capital humano de forma inconsciente, con el único fin de aumentar la tasa de ganancia y el lucro, beneficios estos que sólo lo han sido para una pequeña parte de la humanidad, mientras la inmensa mayoría, más del ochenta y cinco por ciento, ha quedado excluida de estos beneficios. Es necesario un cambio, o dicho en términos evangélicos, una metanioa, una transformación del modo de pensar y comprender el mundo. La Iglesia tiene mucho que decir y hacer en este camino que tenemos por delante. La Iglesia, sirviendo a Dios, puede estar en el mundo sin ser del mundo, construir el Reino del Amor y la Justicia.
 
*Texto tomado del prólogo a "No podéis servir a dos amos". Crisis del mundo, crisis en la Iglesia, Herder, Barcelona, de próxima publicación.

 

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07.01.2013 10:40

A sus Majestades de Oriente

 

A sus Majestades de Oriente:
 
De verdad que me hubiera gustado este año una buena carga de carbón, del bueno, del de quemar. Al precio al que se está poniendo la energía no viene nada mal, sobre todo este invierno, especialmente crudo por estos lares. Pero volvéis a defraudarme, y no sé cuántas años van ya. Probablemente habréis olvidado aquella Navidad del 78 cuando había pedido un Scalextrix, o aquella del 79 donde pedí un Cinexin, o la del mítico 82, donde mi deseo era acariciar un balón de verdad, de los de "reglamento" decíamos. Imagino que el carbón de este año está en el mismo innominado lugar donde fueron a parar aquellos deseos. La diferencia es que entonces era un niño y los deseos frustrados quedan amarrados fuertemente en alguna parte del alma desde donde destilan un cierto sabor amargo. Alguien dijo que la infancia es la patria del hombre, en mi caso esa patria no existió jamás y lo que quedó fue la idea persistente de hacer que los deseos se hicieran realidades, al menos algunos deseos. Aquellos deseos frustrados crearon en mí la necesidad de buscar una realidad alternativa donde siempre conseguía todo lo que me proponía, la diferencia fue que la realidad alternativa acabó siendo la real, la única posible.
Estimadas Majestades, no me queda más remedio que agradecer que dejarais aquellos deseos frustrados como prenda de ulteriores realidades plenas de sentido en la propia existencia. Es posible que la satisfacción de aquellas minucias materiales bien podría haber frustrado algo mayor aún que estaba por llegar, pero ¡qué duro resultó entonces para aquel niño! Espero que tantos niños que han visto frustrados sus deseos este día sean la promesa de la búsqueda de un mundo mejor mañana, tan necesitados como estamos de ello. Espero, también, que en vuestra magnanimidad seáis capaces de acercaros a esa multitud de infantes que tanto necesitan algo por lo que continuar viviendo. Pero también sería bueno que aquellos a los que tanto otorgáis tuvieran la oportunidad, al menos una vez, de vivir la carencia. Toda vida verdadera nace y perdura en la carencia. La satisfacción total y absoluta degenera la existencia humana y la pervierte hasta el punto de rebajarla a la condición más vil posible. El hombre, para ser tal, necesita la conciencia de la gratuidad y eso es lo que significáis vosotros: la gratuidad y la entrega incondicionada. La gratuidad implica que lo que se recibe no se hace por una deuda contraída o como pago de un servicio, sino que se obtiene por el mero hecho de ser, de estar ahí. Un niño recibe un regalo el día de Reyes por ser quien es, por estar ahí, por ser un niño, no por un pago debido. Cuando en la sociedad actual se convierte esta fiesta en otra excusa más de consumo, se pervierte la gratuidad y se daña lo humano.
 
Queridos Reyes Magos, espero que sigáis repartiendo gratuidad y para ello deseo fervientemente, y lo pido ya para el próximo año, que rescindáis vuestros contratos con el Corte Inglés y demás centros comerciales. No os hacen ningún bien y os abocan a la extinción.

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02.01.2013 12:40

Bienvenidos al desierto de 2020

Cada uno puede tener sus motivos para estar feliz, y seguro que todos son ilusiones. La felicidad no es más que un leve estado transitorio entre el tedio y la embriaguez, pero hay que agarrarse a él para no sucumbir al desánimo en medio de un mundo en vías de extinción o caer en la borrachera de los sentidos. A veces tengo la sensación de el último romano, pero deseando que acabe ya la farsa y comience de verdad la historia. Todo lo vivido hasta ahora no han sido más que los pródromos de otro mundo realmente posible, siempre preterido, pero al que se accede mediante mucha violencia, como así lo afirmara Jesús en el Evangelio.
 
2012 ha sido un año muy duro para la humanidad, un año en el que hemos perdido ciertos anclajes que hacían del modelo sociopolítico y económico algo tolerable y que nos daban algo así como una fachada de humanidad. Durante más de sesenta años se nos mantuvo la ilusión, parodia lo llaman algunos, de que la lucha de los hombres por los derechos civiles, sociales y políticos tenía sentido. Mantuvimos la esperanza en que la verdad y la justicia se abren paso, aunque sea de forma tortuosa y dolorosa. Pero 2012 nos ha arrancado la máscara. Como dijera Ricoeur de Marx, Nietzsche y Freud, los maestros de la sospecha, 2012 nos ha quitado la ilusión en la que estábamos inmersos y eso es lo único bueno que ha aportado este año. Ahora sabemos bien que estamos en guerra y que esta guerra acabará en una brutal masacre, una masacre que se extenderá a lo que nos hace humanos: estamos ante la muerte del hombre, no solo ante el fin de una forma de vivir lo humano.
 



El modelo económico no puede sobrevivir sin destruir lo que queda de naturaleza y de humanidad. No puede seguir un paso sin arrojar al abismo en cada uno de ellos parte de lo que nos hace humanos. El modelo actual ha puesto a sus hombres a trabajar para hacer de este mundo el lugar más horrible jamás imaginado: más horrible que los campos de exterminio, más horrible que las mazmorras de la inquisición, más horrible es el mundo de la mentira estatuida y de la farsa por principio. A veces me avergüenzo de haber creído durante dos días la milonga del 11 de septiembre, pero sí yo mismo caí un tiempo, aunque breve, por qué no van a caer todos los demás de forma indefinida en una estrategia tan burda como pueril de engaño y felonía.
 
En fin, 2012 sí supone el fin del mundo, el fin de una forma de entender el mundo, el fin de una forma de luchar por él, el fin de una manera de vivir y de convivir, el fin de una época, el fin de una sociedad. El mundo, tal y como lo conocimos, ha acabado, ahora empieza la no vida, la no humanidad, la barbarie establecida. Bienvenidos al desierto de lo real, bienvenidos al mundo del 2020.
 
Con todo se me olvidaba compartir una cierta alegría: son más de 100.000 visitas en el blog desde abril de 2009. Gracias a todos los que lo seguís y aportáis con vuestros comentarios.

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26.12.2012 13:40

El paradigma científco: el dogma de la "mano invisible"

 

La deriva insolidaria que aqueja a nuestra sociedad tiene su origen, según algunos investigadores, en la propia tendencia de la evolución. Según estos investigadores, hay una propensión de la evolución a seleccionar a los individuos egoístas frente a los altruistas. Se trataría de una ley de hierro, tal como lo dice E. O. Wilson, de la evolución de especies eusociales: los individuos egoístas prevalecen sobre los altruistas, por el contrario, la selección, en estas mismas especies, hace prevalecer a los grupos altruistas, donde la cooperación entre sus miembros es la norma, frente a los grupos egoístas donde los individuos que los conforman tienden a buscar su propio interés. Como se ve, hay una clara paradoja evolutiva en el nivel de los grupos eusociales. De un lado prevalecen los grupos altruistas, de otro siempre vencen los individuos egoístas. ¿Cómo se explica esto? Pues difícilmente. Si tienen razón estos biólogos, y la mayoría piensan así, la evolución sería un medio casi esquizofrénico de adaptación al medio. Si un grupo es altruista debe serlo porque sus miembros lo son. Resulta contradictorio que se seleccionen los grupos altruistas con individuos egoístas. Se podría pensar que el altruismo se reduce a los propios miembros del grupo, pero sigue siendo altruismo.
 
Esta paradoja es la expresión de una fuera ideológica que no ha podido ser arrancada de los científicos que indagan las fuerzas evolutivas. Su base de pensamiento es que cuando los individuos de un grupo buscan su bien propio acaban consiguiendo un bien general. Es la expresión de la famosa "mano invisible" de Smith. El egoísmo como motor del progreso forma parte del bagaje del darwinismo y por ende de la ciencia evolutiva, y ninguna evidencia empírica ha conseguido eliminarlo del ideario científico hasta el momento. Da igual que las pruebas demuestren que, al menos, hay paridad entre las tendencias egoístas y altruistas de la humanidad, ellos siguen manteniendo el dogma marcado a fuego en la ciencia de los últimos doscientos años: el egoísmo del individuo es bueno para la sociedad. Este dogma sigue siendo apuntalado por infinidad de investigaciones y estudios que reciben ingentes cantidades de financiación. De hecho, para que un proyecto reciba financiación debe integrarse en el paradigma científico, llamémosle así, de la "mano invisible". Esta tendencia estadounidense ha venido a imponerse en Europa de la mano del malhadadoPlan Bolonia, otro jalón más en el camino de la mercantilización de la sociedad.
 
Las investigaciones más independientes han llegado a una especie de consenso sobre la evolución del homo sapiens, a saber, que las fuerzas de selección natural operan sobre individuos y grupos; que la selección de grupos lo hace sobre los altruistas y la selección de individuos presiona para que cada cual sea el más apto posible dentro de su grupo, pero siempre seleccionando el altruismo como norma de comportamiento. El egoísmo, tal como lo entiende el paradigma vigente, no es un elemento adaptativo. La búsqueda del bien propio a costa del bien del otro no consigue que un grupo o sociedad puedan avanzar, ni tan siquiera pervivir. Son las actitudes individuales que buscan siempre, de forma concomitante, el bien común o general, las que son seleccionadas. En los escasos 200 mil años de evolución de nuestra especie, los genes "egoístas" han ido dejando paso, proceso de recesión, a los genes "altruistas", de modo que nuestra especie puede ser considerada como una especie eusocial cooperadora donde los individuos conservan su especificidad. Esto se opone a la dogmática neoliberal que ha impuesto el paradigma cientifista actual por medio del control financiero y académico.
 
Este paradigma cientifista se enseña en los institutos, se propaga en los medios de comunicación y se extiende como una mancha por el cuerpo social global. Aplicado a todos los ámbitos de la sociedad, el daño producido es enorme. En el campo económico es la causa recóndita de la avaricia establecida como norma de comportamiento económico. Cuando un inversor especula en bolsa y obtiene enormes ganancias a costa del hundimiento de la deuda de un país, lo que está haciendo es un "bien social": su búsqueda del lucro personal tiene como consecuencia un bien social, hacer más eficientes los mercados y detectar los problemas económicos. Por tanto, hacerse rico a costa de lo que sea es un bien social, así lo ha determinado la naturaleza y por ello es "bueno". 
Creo que se queremos arreglar esto debemos hacerlo al nivel del paradigma científico impuesto.Hay que empezar enseñando en las escuelas que la cooperación es lo que nos hace humanos, que la solidaridad es un rasgo distintivo de la especie y que la capacidad de un entrega a los demás y el altruismo sistemático nos hace mejores como personas y como sociedad. Esto mismo hay que propagarlo en los medios de comunicación y extenderlo en el cuerpo social, de modo que construyamos un mundo donde el altruismo individual y la búsqueda del bien común nos conviertan en una sociedad agradable para todos.

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23.12.2012 18:18

¿...y si toca?

 

De todos es conocido que no compro lotería, ni sucumbo a los juegos de azar, ni consiento que algo en mi vida quede al capricho de esos veleidosos dioses de las ruletas, bombos y algoritmos combinatorios, trucados todos como están para que siempre, sin excepción, ganen los dioses de la Fortuna, es decir, la Banca. No he sucumbido nunca a tan artera artimaña para sacar la pasta del bolsillo y dejarla allí, al mostrador de la oficina de loterías, al vendedor de ese engendro de ciegos regido por un tuerto, al que el Señor le conserve la vista que tiene, ya que la educación nunca se la concedió, o a esos que en silla de ruedas o renqueando, quieren hacernos creer que comprar un boleto de lotería te hace más solidario, más digno, menos ruin al cambiar el motivo de la adquisición. Nada de eso. Comprar lotería, de cualquier tipo, es caer en la ilusión de la riqueza fácil. Por eso se compra, no hay ningún otro motivo.

Bueno, está los consabidos "compromisos": el hijo de un amigo que se va de viaje de estudios y no se les ocurre mejor opción que hacer el negocio a Loterías del Estado. El cuñado que quiere ayudar a no se qué asociación y va por ahí endosando décimos o participaciones. O el más retorcido de todos: "y si toca". Este es el de peor calaña, porque destapa la miseria moral de muchos de nosotros. Podemos aceptar que alguien tenga suerte, pero que la tenga estando a mi lado deja en evidencia mi mala suerte, así es que todos tontos. Si toca a todos y si no toca nos jodemos todos. Así funciona la envidia. Por mi parte estoy curado en salud. La mera combinatoria se alía con mi defección por los juegos de azar: la posibilidad de que te toque un décimo de lotería de Navidad es inferior a la posibilidad de que te parta un rayo. Nadie piensa que le partirá un rayo, es algo imposible, pero todos piensan que les tocará a ellos la Lotería.
 
Este argumento, el del "si toca", me lo han esgrimido en multitud de ocasiones en el trabajo para venderme lotería, pero ya se ve que fuerza no tiene y que lo máximo que puede suceder es que les toque a ellos perder. Pero no seré yo quien haga leña del árbol caído, en el pecado les va la penitencia. Al fin y al cabo, yo, un hombre que se tiene por cabal, considera que tener quien te quiera y a quien querer, poder hacer lo que te gusta y pasar buenos ratos con la gente que quieres es la verdadera y única lotería que quiero y que tengo la suerte de disfrutar cada día. Lo triste es que esas cosas que son las que hacen la vida digna, las que permiten la felicidad, son un puro azar en este mundo. Si has nacido en los países del Sur, es muy difícil que te toque; si has nacido en los del Norte, depende. En el mundo que vivimos, la dignidad humana se cuantifica mercantilmente y quien dispone de los medios la disfruta, quien no se hunde en la miseria de tener que estar al albur de la diosa Fortuna. Después de tres años de desmantelamiento de un orden medianamente humano, y con cinco años por delante de más medicina neoliberal, lo que quedará para ser humano no será otra cosa que meros sueños, sueños de un mundo mejor, sueños de un organización del bien común que nos permita vivir, sueños al fin, loterías, no realidades. Pero es lo que quieren la inmensa mayoría, que con su consentimiento pasivo lo consiente. Qué le vamos a hacer, soñemos.
 
 
Ah, si el 22 cierro el blog es que ha tocado el 95000. Sorry, era un compromiso.

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23.12.2012 18:16

La Sociedad que viene

 

Sí, lo reconozco, la sociedad en que vivíamos hasta hace tres años no me gustaba, era injusta, despilfarradora y mezquina, pero la que se nos viene encima es todo eso y además inmoral, insolidaria y fanática. Asistimos, por fin, al fin de la historia que promoviera Fukuyama hace ahora 23 años, pocos meses antes de la caída del sistema soviético y la supuesta victoria de la democracia capitalista. Nadie podrá acusarme de celebrarlo, pues lo he criticado por todos los medios posibles, hasta con un libro sobre el tema. Pero ahora que adviene casi he de decir, en plan maoísta, que me alegro. En fin, cuanto antes llegue el fin, antes saldremos de todo esto. Lo malo es todo el mal que tendremos que padecer antes de que todo esto pase. Van a ser años muy duros para mucha gente, especialmente para los que defendemos la bondad natural de la humanidad y de la Creación entera; nuestra fe se va a poner a prueba, una dura prueba. Somos pocos, pero seguimos creyendo que el Universo no es fruto de una casualidad, sino que hay un proyecto de Amor tras su origen y que, por tanto, el Amor es la meta. Eso no quiere decir que estemos exentos de sufrimiento, al contrario, cuanto más amor, más sufrimiento viviremos, pero esa es la condición de la contingencia y finitud de todo lo existente.
La historia de la humanidad está cargada de sufrimiento, "un baño de sangre" en dolorida expresión de William James, pero no lo es porque la esencia del hombre. No me resigno a caer en el pesimismo antropológico. Las pruebas de las sociedades primitivas demuestran que siempre se busca evitar el conflicto, que las instituciones sociales, los mitos y ritos, están para evitar el derramamiento de sangre y la violencia. Como estudiara René Girard en varios de sus grandes libros, la violencia está inscrita en nuestros genes como instinto de supervivencia, pero la humanidad surge cuando la violencia es controlada, sea mediante las normas, sea mediante instituciones como el chivo expiatorio y los sacrificios. En todo caso, siempre se intenta controlar la violencia. Por lo tanto, ser humano no es usar la guerra y la violencia contra los otros, sino poner coto al uso de la misma. Vivir en grupo, en comunidad, en sociedad, es crear condiciones para evitar el conflicto. Sin embargo, tras los cinco milenios de sociedades agrarias simples y complejas, con la llegada de los grandes imperios, surge la guerra como medio para la obtención de recursos y el sometimiento de los otros. La guerra es una invención de los imperios para extenderse, antes de su advenimiento no podemos hablar propiamente de guerra, a lo sumo de puntuales conflictos violentos ocasionados por la escasez de recursos principalmente. Creo que las pruebas aducidas por Frans de Waal sobre la existencia de una generalizada "paz" entre los grupos de primates, son de mayor peso que las aducidas por Edward O. Wilson en el sentido opuesto, es decir, no habría ninguna "tendencia natural" a la violencia superior a una "tendencia natural" a la concordia.
Desde que el mercenario del pensamiento de origen japonés formulara su propuesta del fin de la historia, no hemos dejado de avanzar hacia ella. Más que una análisis de la realidad social y política era un desideratum del modelo social imperante, el capitalismo senil finisecular. Y lo ha conseguido, porque el capitalismo no puede morir sin matar y la única manera que tiene de avanzar es hacerlo hacia el abismo. La carrera inútil por la creación de capital, por la reproducción ampliada, le lleva a la destrucción sistemática de todo lo que existe. El capitalismo es el estado del alma (kafka dixit) humana corrupta por el lucro, el egoísmo, la avaricia, la gula y la mendacidad instituida, todo eso llevado al orden social. El capitalismo debe acabar con la naturaleza, para convertirla en mercancía, con el hombre, para transformarlo en obrero, con el orden social, para constituir el caos de la "libertad" absoluta de convertir todo en capital. El capitalismo es la Bestia que quiere devorar al niño recién nacido, un santo decir sí; es el Molok que requiere sacrificios humanos constantes; es la máquina perfecta de autoconsumición social.
El último paso que ha dado este nefasta sistema ha sido la desconstrucción de su máscara final: el Estado de Bienestar. Creado para evitar la revolución bolchevique en Europa, el Estado Social Europeo ha dejado de ser útil al capitalismo. Muerto el fiero lobo soviético, qué razón hay para seguir dejando las migajas a las clases trabajadoras. Todo lo existente es necesario para la autorreproducción del capital. Sanidad, Educación, Servicios Sociales, Pensiones... todo eso ya no es necesario, pues nadie hay ya que pueda rebelarse. Con sumisión aceptaremos que no tenemos derecho a disfrutar de las riquezas que el capitalismo produce. Aceptaremos que el rico lo es por derecho propio, que el trabajo es una dádiva del capitalista que hay que agradecer; que la Salud o la Educación no son derechos sino mercancías a las que unos pueden acceder y otros no; que el Estado es el brazo policial del capital y que las Instituciones son sombras chinescas tras la función que nos han dejado representar los últimos sesenta años.
 
En fin, que no me gusta nada el mundo que nos viene encima y que no veo otra manera de evitarlo que utilizar, de forma legítima, el mismo nivel de violencia que se está usando para imponerlo. La familia de Nazaret, perseguida por las tropas colaboracionistas, desahuciada de su hogar, buscando donde guarecerse, puede ser una buena imagen de la sociedad que viene.

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13.12.2012 11:48

Con las cosas de comer no se juega

 

Todos, de niños, hemos jugado con cualquier cosa que se pusiera a nuestro alcance. El juego, en el niño, es la base para la construcción de la personalidad, para el encuentro con los otros, para el contacto con el mundo. La realidad humana nace del encuentro lúdico con las cosas, con los objetos, con las personas; antes de llegar a ser persona cabal, el hombre es homo ludens. En interés, la búsqueda del lucro, el afán por acumular son posteriores. Si alguien pudiera imaginar un niño en el que esto fuera previo al juego, al desinterés, al olvido de sí en medio de las cosas, entonces no hablaríamos de un niño, sino de un monstruo. Sería un ser cerrado sobre sí mismo, en búsqueda constante de satisfacer un ego desbordado, con una mirada especular, vítrea, incapaz de penetrar en las cosas, viendo únicamente el reflejo de se deseo inmoderado en ellas. Un ser así no merecería ser considerado un humano. Pues bien, esto es lo que está sucediendo en la actualidad con la mercantilización de la existencia.
 
Cuando en nuestra infancia se nos ocurría jugar con los alimentos, especialmente con el pan, nuestra madre, especialmente las abuelas, nos decían aquello de "con el pan no se juega" (tengo un recuerdo muy vivo de mi abuela María haciendo la señal de la cruz al pan y besándolo, no podré olvidar el gesto que se marcó a fuego en mi conciencia). Aquella orden, como todas las normas, servía para establecer un criterio de demarcación entre lo que podía ser objeto de juego o lo útil, y aquello que debía ser respeto porque está por encima de nosotros mismos. Se trata de una forma de sacralización de lo real: hay cosas, objetos, seres y acciones que no están a nuestra disposición y que deben ser respetadas. Aquí reside el secreto para la existencia de cualquier humanidad digna de este nombre y por ello la no observancia de estas normas nos lleva a la pérdida de la condición humana y a un mundo más parecido a un kaos que un kosmos
 
El modelo social actual, la globalización capitalista, es lo más parecido a un kaos en el sentido etimológico. En ella no hay límites al lucro, al beneficio, al uso y abuso de las cosas, los objetos, los seres y las acciones. Todo es posible, no hay normas ni leyes, no existen prohibiciones ni impedimentos, nada es sagrado, excepto la búsqueda del lucro sin importar las consecuencias. Hijo de este mal es la práctica de algunos comercios de tirar los productos antes de donarlos para su aprovechamiento. En el fondo no es más que aplicar la lógica del capitalismo: si algo es mercancía no puede ser regalado, entonces se pierde oportunidad de negocio. Se ha llegado a la máxima expresión del fetichismo de la mercancía, que es su vaciamiento como objeto con valor de uso y su entronación como medio para el valor de cambio puro. Una bandeja con seis huevos que ha recibido un golpe es una pérdida de beneficio, el consumidor no la comprará, pero si esa bandeja la regalo pierdo otra ocasión de negocio, pues este se basa en la satisfacción de las necesidades reales o ficticias de los consumidores. Regalar un producto, aun caducado, es satisfacer gratuitamente una necesidad y perder ocasión de beneficio. De ahí que algunos comercios apliquen la máxima.
 
Si Mercadona, por ejemplo, se ve empujado por la presión de los consumidores a donar los alimentos y productos perecederos a organizaciones benéficas, lo hará únicamente como otra oportunidad de negocio, es decir, lo hará como marketing que amplíe la imagen corporativa, no porque haya visto que los alimentos no son mercancía. Para ellos, los alimentos son mercancía y las personas clientes, y punto. Ahora bien, si conseguimos que una empresa tan potente como esta genere buenas prácticas empresariales, habremos obtenido la victoria sobre la lógica del lucro, a pesar de la conciencia corrupta de los propietarios. Abrir caminos a la comunión de bienes, a la consideración de las cosas como medios para el servicio entre hermanos y a la fraternidad universal, siempre es positivo. Por eso he iniciado una campaña de recogida de firmas para que Mercadona no tire los alimentos y los done a organizaciones benéficas. Es poco, pero una campaña similar consiguió sacar de la programación de Tele5 un programa abyecto.
 

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10.12.2012 10:20

Lo (im)posible, o la Inmaculada Concepción.

 

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Aprovechando la festividad de la Inmaculada Concepción de María, que da la casualidad que viene unida en el calendario a la festividad de la Constitución española, creando un puente o acueducto, según el año, que libera de carga laboral el último trimestre del año, justo antes de las fiestas navideñas, quería hacer una reflexión sobre una realidad que me ha impactado por varias vías en los tres últimos días: las enormes carencias de una parte importante y cada vez más visible de la población española. Hemos comprobado, mi familia y yo, en una ciudad castellana de rancio abolengo, la proliferación de personas apostadas en las esquinas, acurrucadas en los portales o en pie con la cabeza gacha en cualquier parque público, pidiendo algo de dinero para alimentar a sus hijos, encontrar un lugar donde refugiarse de las gélidas temperaturas, o reclamando algún tipo de ayuda para sobrellevar las circunstancias.

En esto me ha llegado otra información tan lacerante como la anterior y que hace cuestionar más si cabe las conciencias de todos los que nos sentimos concernidos ante la miseria moral y humana que se extiende a cada decisión que toman las autoridades contra, dicen, la crisis. Hablo de los suicidios y de la más que probable ocultación de las causas "hipotecarias" de muchos que son computados como suicidios habituales. Aunque todo suicidio es un drama en sí mismo, no es indiferente la causa, pues de esta dependerá tanto la valoración moral que pueda hacerse, como la búsqueda de supuestos inductores y soluciones plausibles. La pregunta que nos asalta es ¿por qué lo hizo?, qué motivó el paso al acto definitivo, por qué no hubo un freno en el último instante. Hace falta mucha determinación para poner fin a la propia existencia, o bien es necesaria una fuerte sensación de indignidad personal, vergüenza social y carencia absoluta de esperanza. Lo grave aquí es que cada vez hay más personas que encuentran las suficientes fuerzas para llevar a término su propósito, o no tienen ninguna esperanza en que mañana pueda ser mejor.

 

 

Sin embargo, la pregunta que me anda rondando estos días y que de verdad me lacera no es por qué lo hacen. Creo que es difícil juzgar a alguien que se ha quitado el don más precioso de que dispone, la propia existencia, como medio para el encuentro con los otros y, al fin, con Dios mismo. Cuando veo tantos seres humanos cayendo en la indigencia, sumiéndose en un abismo de miseria del que no podrán salir ya por sí mismo, mientras a su alrededor prosigue la fiesta consumista entre los que no hemos caído en la lacra del paro y más aún entre los que en estos tiempos no dejan de aumentar sus fortunas a costa de las colas del INEM y las listas de desahucios; cuando veo cómo los gobernantes siguen aplicando un plan perfectamente diseñado para expropiar lo público y salvar a los que jugaron en el casino del capitalismo mundial, mientras centenares de miles de conciudadanos, que solo intentaron vivir dignamente en una casa propia, son expropiados de su techo y arrojados a la indignidad social de la beneficencia pública o privada; cuando veo, al fin, que sacan pecho los que nos han robado a manos llenas y además nos hacen culpables de nuestra situación, mi pregunta no es por qué aquellos dieron el paso definitivo, el salto mortal final. No, mi pregunta, la pregunta que me planteo a mí mismo es: ¿por qué no damos nosotros ese paso definitivo?, ¿qué es lo que nos impide pasar al acto? Pero no el del suicidio, sino el de la acción social definitiva que ponga fin a tanta indignidad social, a tanta corrupción moral, a tanta miseria política, a tanta...

 

Mi cuestión ahora es qué nos frena para cambiar esto de una vez, por qué seguimos plácidamente sentados en casa, acudiendo al trabajo, llevando los niños al colegio, riendo un chiste o contando un cuento al acostar a los hijos. De alguna manera, siento aquello que dijera Adorno sobre la poesía tras Auschwitz: viendo lo que vemos, la vida no puede ser normal. Como sucede con el dogma de la Inmaculada, Dios hace posible lo imposible, hagamos nosotros también posible lo imposible, hagamos una revolución de lo humano, que nadie se sienta tranquilo mientras un hermano esté en necesidad, que las circunstancias no sean un impedimento para el paso al acto definitivo; que nuestra existencia sea un hacer posible en nuestras vidas aquello que se nos antoja imposible de hacer. Parece imposible dejar de pagar las deudas, parece imposible otra política, parece imposible repartir las riquezas, parece imposible abandonar el consumismo, parece imposible... que el Hijo de Dios nazca de una virgen.

 

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10.12.2012 10:07

Caraduras, impostores y demás rateros

 

Leer en Rara Temporum

Si la cara es el espejo del alma, en el caso de Díaz Ferrán su alma será pedernal inquebrantable. Un ser humano de estas características morales, capaz de defraudar, engañar y estafar a los que han sido puestos a su cargo y al resto de la sociedad, no parece tener aquello que identifica a los seres humanos y los distingue del resto de las criaturas: el principio anímico y espiritual que lo eleva a la categoría de un ser "poco inferior a los dioses". No, este sujeto, ahora incluso con grilletes, es el vivo ejemplo de la depravación moral a la que ha llegado la sociedad contemporánea. En su día fue capaz de decir que la única manera de salir de la crisis era trabajar más y cobrar menos; que todos los problemas de la economía española venían derivados de la rigidez del marco de relaciones laborales; que el empeño de los sindicatos por defender prebendas ponía en riesgo a las empresas; que el ambiente para los negocios no era el adecuado en España y que, para más escarnio, su máxima preocupación en su vida eran sus trabajadores, esos mismos a los que dejó vendidos al traspasar su empresa a un fondo de inversión de los conocidos como "buitres", expertos en destruir cualquier condición que haga digno el trabajar.

 

El señor Díaz Ferrán no es un empresario, es un impostor y caradura que ha sabido aprovechar contactos, vínculos y una cierta dosis de suerte en el momento del auge económico. Como tantos otros, tenían una empresa, no como una forma de vida, como una dedicación a los demás, como un servicio a la sociedad que, además, proporciona bienestar para él y su familia. Sus empresas eran, en sus propias palabras, "billetes de loteria". Esta es su concepción de la empresa, nada que ver con el bien común o con el servicio a los demás. Un décimo de loteria, si toca me forro y si no lo tiro a la basura. Lejos de ser un pensamiento extraño, siendo, como fue, el máximo responsable de los empresarios españoles, refleja el modus essendi del empresario medio: un señor que busca medrar, que no tiene reparos en ninguna práctica ilegal, que desprecia lo común y que solo quiere, por encima de todo, su propio y único bienestar. Así son la mayoría de empresarios de este país. Los hay distintos, los hay que se dejan el alma en lo que hacen, los hay que son capaces de perder dinero antes de dañar a otros, pero son los menos. Son los que viven la experiencia empresarial como un servicio, como una misión, casi héroes. Pero el común de los mortales empresarios tienen a Díaz Ferrán como santo patrón, o a Rosell, o peor, a Arturo Fernández, un señor que no pierde ocasión para despotricar contra lo público, mientras sus empresas viven, única y exclusivamente, de contratos con lo público. Así son y por eso así nos va.

 

Mi más profundo respeto por aquellos que dedicando su saber, esfuerzo y patrimonio, intentan cada día hacer algo que beneficie a la sociedad, pero mi más profundo desprecio por esta caterva de arrimados al poder y vividores de lo colectivo que tanto daño han hecho, hacen y seguirán haciendo. Muy lejos del discurso oficial del neoliberalismo, cuando el empresario pone un capital para invertir en una empresa, no arriesga nada, lo que hace es intentar que ese capital siga cobrando vida cada día, pues el capital, por sí mismo, está muerto, es un zombi que necesita vida para seguir adelante. Lo importante en las empresas son las personas, todas las personas. El capital, y dentro de él el dinero, no son más que instrumentos que nos permiten producir los medios de subsistencia de la sociedad. Si se utiliza bien, todos viviremos mejor, pero si se utiliza para la especulación, el enriquecimiento individual o el gasto suntuoso, el capital puede ser el peor enemigo del hombre. A las pruebas me remito.

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10.12.2012 10:05

Una historia verdadera

 

Lo recuerdo bien, demasiado bien como para dudar de su veracidad. Corría el año 1986. Yo era un chaval que pululaba por los pasillos de un instituto de bachillerato recién estrenado, donde todo estaba por hacer. En segundo de B.U.P., algunos empezamos a organizarnos. Retomamos la labor de editar la revista del Instituto, formamos un comité que sería el embrión del Sindicato de Estudiantes, creamos un premio literario para azuzar la creación artística y pusimos en funcionamiento un ciclo de cine forum en Super 8 para reunir al mayor número de alumnos alrededor de una buena peli. El alba de la propia vida parecía despuntar y por fin, aquellas necesidades interiores se cumplían.

 

 

Todo esto fue alentado por unos profesores que supieron empujar sin arrollar el espíritu juvenil, e hicieron de la experiencia en un centro de estudios algo más que la mera transmisión de conocimientos. Antes de que la nueva jerga pedagógica se impusiera, aquellos verdaderos maestros la ponían en práctica sin necesidad de ninguna elaboración teórica. Nosotros, jóvenes de los ochenta, lo aprendimos por nosotros mismos. Por eso, porque veíamos la posibilidad de crecer y de cambiar el mundo, podíamos comprometernos con nuestro entorno inmediato para buscar un sentido más allá de lo dado. El centro de estudios no era, al menos yo no lo vivía así, un lugar para buscar la promoción laboral y conseguir altos ingresos que nos permitieran vivir holgadamente. Entre nosotros, al menos entre los que nos movíamos, la idea era mejorar el mundo y a nosotros mismos en el proceso. Queríamos construir una realidad que fuera mejor que la que teníamos y lo queríamos para todos.

 

En aquellas fechas fue cuando llegó Blade Runner. La idea de visionar la película partió de los profesores, jóvenes, del departamento de matemáticas. Pensándolo ahora creo que sería por la cuestión de la identidad personal y la posibilidad de un mundo donde la informatización ocupara todos los ámbitos de la existencia, pero es una suposición, nunca más los he vuelto a ver. El visionado se hizo en la biblioteca del centro, en una televisión con vídeo VHS. No disponíamos aún de proyector ni de una sala apropiada. Recuerdo que llegué tarde aquel miércoles de actividades extracurriculares. Me tuve que situar al final de una sala atestada. Todos los espacios estaban saturados: las sillas, el suelo, las mesas en los laterales, incluso detrás de la propia pantalla había alumnos. Todos en silencio, concentrando nuestra atención visual par poder deducir lo que había en la pantalla. No, no recuerdo nada de la película en aquel día, todos mis recuerdos de la misma son posteriores, pero sí se me quedó gravado, como a fuego, dos sensaciones, impresiones o ideas. La primera, que la ilusión por vivir es superior a los impedimentos de la vida misma; segunda, que el mundo sería muy feo de no hacer nada para remediarlo.

 

Dentro del campo semántico Blade Runner, en mí está incluida la necesidad del compromiso y la búsqueda de un mundo mejor. Aunque eso no pueda sustanciarse del film, en mi experiencia personal está asociado y eso es lo que en mí "salva" a Blade Runner. La salvación puede vivirse en cualquier realidad humana, a partir de cualquier experiencia, dentro de cualquier circunstancia. Esto es lo que significa para mí Blade Runner, independientemente de lo que digamos hoy en la Mesa, e independientemente de lo que una crítica de cine avisada pueda decir. En mí nada cambiará ese significado, pues está unido de forma indeleble a mi persona. El día de la resurrección de los muertos, Blade Runner resucitará conmigo.

 

 

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