El ser humano es capaz de cambiar su mundo


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25.08.2012 20:08

No se ha hecho el hombre para la economía...

 

Existe un paradigma primigenio que configuró la humanidad tras el paleolítico, es el paradigma de una economía de salvación. En él son las personas las que intercambian sus bienes  o bien el fruto de su esfuerzo, no mercancías. La consideración de los productos, los bienes y los servicios como mercancías es muy tardía y requiere la existencia de un mercado para tal efecto. Pero no existió tal hasta el siglo XVI en muchos órdenes de la vida social. Por ejemplo, no existía un mercado de tierras, aguas, bosques o caza. Estos bienes estaban fuera de la mercantilización, se entendía que no se podían comprar y vender, sólo heredar o conseguir como derecho de guerra. Las personas también quedaban al margen de la mercantilización, a lo sumo iban en el lote con el usufructo de una tierra o como parte del botín de guerra, pero no se podían intercambiar. Las cosas que sí se podían comprar y vender eran los frutos del esfuerzo humano, pero para ello había fuertes y restrictivas normas sociales que limitaban su comercialización.

Durante milenios eran las personas las que intercambiaban los productos, en un acto más social que crematístico. La existencia de los mercados está atestiguada desde muy antiguo, pero todos ellos poseían férreas normas que limitaban su extensión, duración e, incluso, los precios de venta. Tabúes sociales rodeaban a los mercados y protegían así a la sociedad contra este poderoso destructor social que es el ánimo de lucro. El mercado, como medio de intercambio de productos, ha existido desde que nació la sociedad agraria sedentaria. Si los grupos no nomadean se requiere de una estructura, más o menos permanente, para organizar el intercambio de productos. Estos mercados siempre están perfectamente regulados y controlados, sea por la autoridad local o por la autoridad nacional. Se regula desde los productos que pueden ser intercambiados, los agentes encargados de ello, los precios de cada producto y la calidad del mismo.

Se ha podido constatar la existencia de fuertes regulaciones para el establecimiento de los intercambios en las culturas más primitivas. En ellas se considera peligroso este intercambio, de ahí la existencia de tabúes que controlan los mercados para impedir que éstos fagociten a las ciudades o a las relaciones de los grupos humanos. Se trata de mantener a los mercados a raya, bajo el control de la sociedad. Bien sabían que estas relaciones económicas podían llegar a controlar a las relaciones sociales. Están documentadas normas muy estrictas para una amplia casuística: muerte violenta o no en el mercado, parto, reyertas, incendio. Todo supone un peligro y debe estar bien regulado.

Este paradigma de organización social tiene como característica fundamental la no mercantilización de la existencia y la integración de lo económico en lo social. La religión determina a la economía y la organización social funda la relación económica y no al revés. Sin embargo, en el capitalismo, el dinero es la medida de todas las cosas, no el hombre. El dinero es el eidolon que determina el valor, no solo el precio, de los bienes, servicios e, incluso, de los mismos hombres. No se trata de un simple instrumento de intercambio, no lo fue nunca y no lo es, es mucho más, es el seguro de vida para quien lo posee, de ahí su poder sagrado. Pero en la sociedad capitalista, ya desde sus orígenes en el siglo XV, el dinero es un dios profano, una realidad cotidiana devenida divinidad por el aprecio que el paradigma de salvación por la economía ha puesto en él. Es un falso dios, un ídolo, ante el que los hombres se someten, pero que destruye la base de la realidad humana: la separación de órdenes y la estructuración axiológica de la sociedad. Al ser la medida de todo, todo se iguala con el dinero, nada vale nada, todo es indiferente. El hombre deja de ser hombre y pasa a ser una mercancía más que puede ser producida, como todas, comprada y vendida, incluso desechada.

 

El capitalismo supuso la verdadera Gran Transformación de la realidad humana, hoy amenazada. Son los tiempos modernos que tan dolorosamente retratara Chaplin, otro experto en humanidad, como Polanyi.

 

 

Karl Polanyi, La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, FCE, Buenos Aires 2007.

Karl Polanyi, El sustento del hombre, Capitán Swing, Madrid 2009.

Raj Patel, Cuando nada vale nada. Las causas de la crisis y una propuesta de salida radical, Libros del lince, Barcelona 2009.

 

*En memoria de Karl Polanyi, a quien tanto debemos, especialmente en estos momentos.

 

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17.08.2012 12:11

El límite, clave para una economía humana.

 

No es de extrañar que los primeros en reflexionar sobre economía dentro ya del paradigma de salvación por la economía, Smith, Ricardo y Marx, hablen de economía política y no de simple economía. La economía es una labor que está integrada en la realidad política. Se trata de hacer un servicio a la sociedad, de ahí que tenga ese adjetivo ineludible. Si eliminamos el adjetivo, el sustantivo queda huérfano, sin determinar. No sabremos si es una organización de una casa, de un grupo pequeño, de un pueblo o de toda la sociedad. De ahí que la economía sea política. Por eso mismo, Aristóteles trató el tema en su tratado sobre la polis, en la Política, no en la Ética, como una cuestión del individuo o en la Metafísica, cual dimensión ontológica.

Aristóteles, fiel a su método, indentifica qué sea eso de la economía: “La economía (nos dice) es lo que debe facilitar o bien procurar que exista el almacenamiento de aquellas cosas necesarias para la vida y útiles para la comunidad de una ciudad o de una casa. Y parece que la verdadera riqueza proviene de esta, pues la provisión de esta clase de bienes para vivir bien no es ilimitada[1]. Se trata de un arte, es decir, algo realizado por el hombre y que se puede aprender y enseñar a otros; pero también de un arte que está orientado a proporcionar los medios de vida y a conservarlos para que aquella sea buena. Es un arte difícil porque esos bienes no son ilimitados, tienen un límite y eso hace de este arte muy importante. Correría riesgo la vida de los sujetos de una comunidad si no se ejerciera con arte la economía.

La economía no es algo natural, no le viene dada al hombre, sino que debe hacerla él, construirla, buscar los mejores medios para que le proporcione el sustento, y hacerlo con cuidado para no poner en riesgo esos limitados bienes. Sin embargo, existe otro modo de proveer bienes que los considera ilimitados y que solo busca la obtención del máximo lucro posible, aún a riesgo de acabar con los bienes perseguidos, se trata, según el de Estagira, de la crematística. Según Aristóteles, hay un arte de adquisición natural para la administración de una casa, finca o ciudad, la economía, y “existe otra clase de arte adquisitivo, que precisamente llaman –y está justificado que así lo hagan- crematística, para el cual parece que no existe límite alguno a la riqueza y propiedad”[2].

La crematística es el arte del enriquecimiento ilimitado a costa de lo que fuere. Como tiene su base, no en el valor de uso de los bienes, valor que determina su límite, sino en el valor de cambio, que aparentemente no tiene límite, este arte tiende al enriquecimiento ilimitado de quien lo ejerce. Formas de crematística son el comercio de compraventa, no el que pretende subvenir la necesidad de un bien de uso, y el préstamo de dinero (1257b). Son dos formas de crematística que producen riqueza a quien las ejerce, pero una riqueza “ciertamente extraña en cuya abundancia se muere de hambre, como cuentan en el mito de aquel Midas, quien, por su insaciable deseo, convertía en oro todo lo que tocaba” (1257b, 11).

De los tipos de arte crematística, la peor considerada por el estagirita es el préstamo de dinero a interés, la usura. Se trata de un arte que produce dinero de dinero, que nada aporta a la sociedad y que “de todos los negocios es el más antinatural” (1258b). Por tanto, tres modos de crematística existen: el comercio de compra y venta, el préstamo de dinero a interés, la usura, y, por último, el trabajo asalariado (1258b, 3). Los tres pervierten el fin al que tiende el arte adquisitivo positivo que es la economía, porque buscan el lucro por sí mismo, sin ninguna relación con el cuerpo social ni con sus necesidades. Se trata de actividades sin límite y lo que carece de límite es perverso y no corresponde con la naturaleza.

Vemos cómo en Aristóteles tenemos esbozado lo que es el paradigma de una economía para la salvación: la economía es un arte que sirve para obtener y conservar los bienes limitados necesarios para la vida y la buena vida de la sociedad. La búsqueda del lucro es mala en sí misma y acaba llevando a la sociedad a un límite del que no puede salir, es el paradigma de salvación mediante la economía.

 


[1] Aristóteles, Política, Gredos, Madrid 2007, 1256a, 13-14.

[2] Ibidem, 1256a, 15.

 

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10.08.2012 17:52

El ser de la economía: satisfacer las necesidades.

 

Una de las causas de la profunda crisis que padecemos es la pérdida del control de la economía y su separación en un ámbito separado que, a su vez, es el que rige al resto de las realidades humanas. Durante milenios, el equivalente a la economía, la búsqueda del sustento humano que diría Polanyi, el arte de proveer las necesidades de Aristóteles, estuvo integrado en la realidad social, gobernado por lo político y sometido a la religión. Esto hacía de la economía una realidad instrumental que evitaba sus dislocación de lo humano. Pero la llegada del capitalismo, sobre todo en su fase final, el neoliberalismo globalizado posmoderno, ha liberado a la Bestia y esta se ha otorgado todos los poderes. Hoy, la economía es una especie de ciencia exacta, como las matemáticas, o empírica, como la física, cuyos postulados, emanados de las facultades de economía y los think tanks más ultraliberales, rigen el devenir de la humanidad saltándose convenciones sociales, morales y políticas. Si queremos llegar a algún tipo de solución, no nos queda más remedio que volver a poner la economía donde siempre estuvo: integrada en el todo de la realidad humana. Santo Tomás lo tenía muy claro y en la Summa lo podemos ver.

En la Summa no hay un tratado propiamente sobre la economía, pero sí se trata de la cuestión de fondo de la economía. El problema es cómo proveer al hombre de lo necesario para su sustento en condiciones que permitan la reproducción constante de la vida humana y de su entorno. Esto lleva a la unión entre lo que hoy entendemos por economía y por política. Esta unión la realiza el aquinate tratando ambas artes, la económica y la política, como partes de la prudencia en la Summa[1]. Allí considera que la prudencia es el arte de distinguir el bien del mal en algún aspecto de la existencia, de ahí se deriva que la prudencia en economía y en política es distinguir el bien del mal en la administración de las cosas comunes, de las cuestiones del aprovisionamiento y en el organización social.

En el artículo 3 de la quaestio 50, Tomás advierte que las riquezas están referidas a la prudencia económica como su medio y no como su fin, de ahí que los medios de obtener la riqueza están supeditados a la rectitud  y a la virtud. Pero el uso de los bienes, de por sí bueno y querido por Dios, tiene límites. En la quaestio 66 lo explica pormenorizadamente. El hombre posee naturalmente los bienes que hay en la naturaleza, pero esta posesión debe someterse al bien común y a la propiedad comunal querida por Dios de los bienes existentes. Todo lo que el hombre posee de sobra lo ha obtenido con violencia (a.2), de ahí que deba ser repartido lo superfluo.

El hombre tiene dos tipos de necesidades, de indigencia y de estatus. Las necesidades de indigencia son aquellas referidas a la supervivencia del hombre como tal en su sociedad: alimentación, habitación, vestido y cuidados (hoy serían estos la educación, sanidad y cultura). Las necesidades de estatus son las referidas a la posición social, como por ejemplo un doctor o un profesor que requieren de instrumentos para cumplir su labor que son necesarios. Una vez cumplidas estas necesidades, ambas, el resto es superfluo y por tanto sobrante. Puede, una autoridad, repartirlo para satisfacer las necesidades de indigencia de la población.

Por tanto, la economía está al servicio del hombre y la sociedad para satisfacer las necesidades, limitadas, que esta tiene y hacer prosperar una vida buena. Lo demás es pecado o va contra la naturaleza de las cosas. El ser de la economía es satisfacer el sustento del hombre dentro de un mundo limitado. La autoridad legítima debe conseguir que todos los hombres satisfagan sus necesidades de indigencia y de estatus. Si es necesario deberá tomar lo que exista de superfluo en la sociedad y remediar las necesidades de los que no pueden satisfacerlas. Si la autoridad legítima no lo hace, cualquiera puede tomar lo que a otros sobra (especialmente si estos son responsables de la carencia de otros), bien para cubrir su propia necesidad, bien para cubrir la de otros. La propiedad nunca es absoluta sino relativa al Bien común, cuando este se ve conculcado, el derecho de propiedad cede ante el superior Bien común, pues Dios ha querido que todos los bienes sean tenidos en común por sus hijos.

 


[1] Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, II, II, q. 48 a.1.

 

 

Nota bene: una autoridad que permita la indigencia de unos a costa de lo superfluo de otros, que encarcele a quienes ejercen la justicia y deje impunes a los responsables de las carencias sociales, deja de ser autoridad y empieza a ser autoritaria, acarreando la contingencia de su derrocamiento.

 

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08.08.2012 09:43

Carta Abierta al señor Amancio Ortega

 

 Muy estimado señor Ortega:

acabamos de conocer los datos referentes a su fortuna personal a fecha de agosto de 2012. Según esos datos, usted es dueño y poseedor de la tercer mayor fortuna mundial, 38.000 millones de euros, superando al magnate Warren Buffett, aquel que dijera en 2006 que, efectivamente, estamos en una guerra de clases y su clase, los ricos, la están ganando. Y a fe que es así en España, usted es el vivo ejemplo de ello. Por tanto, no puedo felicitarle por esos datos, como cristiano tengo muy presente aquello del camello y la aguja, ¿sabe de lo que hablo? Seguro que sí, al menos en la reciente boda de su hija, mi enhorabuena por ello, leerían alguna lectura de un libro que llaman Biblia; ahí habla de usted y de sus millones, y no muy bien, sobre todo porque pone en relación sus millones con los cientos de millones de hambrientos en este planeta. Sí, sí, aunque no lo crea existe una relación entre su riqueza y la miseria de tantos de esos seres humanos que son sus hermanos o sus congéneres, como prefiera. Por todo esto he querido escribirle esta carta, en parte para avisarle, en parte para ayudarle.

Muchos piensan que su fortuna es legal, legítima y lícita, pero usted sabe muy bien cómo la obtiene y por tanto sabe que eso no es así. Desde el punto de vista legal, usted cumple las leyes en los países en los que tiene la producción y venta, pero juega al límite de la legislación para intentar escapar a los requerimientos laborales y medioambientales, lo que resta legitimidad a sus beneficios. Si su producción está ubicada en países de dudosa aplicación de la ley, es seguro que lo hace para beneficiarse de esa ambigüedad legal. Hemos sabido por la prensa que en Marruecos trabajan para usted las mujeres por 178 euros al mes en jornadas laborales de 65 horas semanales y que las adolescentes cobran la mitad por ese trabajo. Si en Marruecos el salario mínimo interprofesional, que no el salario medio, es de 10,14 dirham la hora y trabajan 280 horas al mes, el sueldo debería ser de casi 3.000 dirham, es decir, casi 300 euros, y eso para cobrar el salario mínimo. Por tanto, su fortuna no es legal, pero tampoco legítima.

La ingenieria financiera, las desgravaciones fiscales y otras exenciones, le permiten tener un nivel impositivo menor que sus propios trabajadores, como el mismo Soros reconocía hace el año pasado. Si usted ha incrementado este año sus beneficios en 12.000 millones, el Estado debería percibir 3.000 millones en impuestos y se podría realizar una distribución de esa riqueza generada, pero el sistema de evasión fiscal que impera en España, especialmente, le permite evadir la obligación impositiva nacional. Si lo piensa bien, esto va contra su empresa. El Estado necesita de esos recursos para formar a sus futuros trabajadores, ¿o es que pone usted las escuelas, institutos y universidades donde se forman? Con ese dinero, el Estado sana a sus trabajadores presentes y futuros, a sus familias y a usted mismo, ¿o es que pone usted los centros de salud y los hospitales? Con ese dinero, el Estado cuida de sus ciudadanos, de su seguridad pública y legal, ¿o es que pone usted a los jueces, a los policías, a los bomberos y a los equipos de protección civil? Con ese dinero, el Estado se ocupa de la protección del medio, tan importante para que la gente pueda vivir con dignidad y disfrutar de lo que le rodea. Todo eso que el Estado hace por usted le permite vender sus productos con la seguridad de ser comprados, obtener sus beneficios con la seguridad de no ser expropiados, defender sus propiedades con la seguridad de la imparcialidad de la ley. Pero, imagine por un momento que el Estado dejara de percibir sus impuestos, y los de todos los que son como usted. Las personas dejarían de tener la formación necesaria y suficiente para trabajar en sus empresas, al menos en España; no tendrían la suficiente salud, ni la seguridad siquiera para salir de sus casas, caso de que no las hayan perdido. Si el Estado se hunde,usted debe abandonar el país, y por la misma lógica el mundo entero se convertiría en una jungla sin normas donde, como dijera Smith, los negocios no podrían prosperar.

Si esto no fuera suficiente, creo y usted también lo sabe en su fuero interno, que su riqueza no es lícita. Cuando tantos de sus hermanos o congéneres sufren enormes calamidades, esa riqueza es un indicativo de su culpa. Con 38.000 millones de euros, según la ONU, se acaba con el hambre en el mundo. Sí, sé que es algo demagógico decir esto, pero ¿acaso no es inmoral saber eso y no hacer nada? Usted puede tomar decisiones que apenas afectan a su riqueza actual y que mejoran las condiciones de vida en el mundo: puede mejorar las condiciones laborales en los países en desarrollo (!) donde tiene su producción. Podría aplicar allí las condiciones legales de aquí, con lo que avanzaríamos hacia una verdadera integración mundial al alza en las condiciones laborales. Al ser su empresa una de las mayores explotadoras, podría obligar con ese cambio a las otras y mejorar la vida de mucha gente. También podría crear una cierta cultura de la solidaridad entre los de su clase respecto al Estado, al menos aunque sea por motivos egoístas como los expuestos arriba. Y puede, claro que sí, dedicar su fortuna, como todas fruto del latrocinio, para aliviar el sufrimiento de tantos y tantos millones de seres humanos que no tienen casi esperanza. 

Muy estimado señor Ortega, sé que no hará nada de esto y lo sé por lo mismo que usted lo sabe: está atrapado en la falacia de un sistema social, político y económico que le impide ver con los ojos adecuados lo que está sucediendo. Usted sabe muy bien que no se puede crear una fortuna como la suya legal, legítima y lícitamente. Sea porque actúa con justicia y da a cada uno lo suyo; sea porque actúa con inteligencia, creando las condiciones de posibilidad de sus negocios; sea porque actúa con caridad, compartiendo con los demás los frutos de su esfuerzo, la riqueza como tal no existiría y usted no sería el dueño de la tercera mayor fortuna del mundo.

Sin más que decirle, reciba mi más profunda compasión ante su profunda ceguera moral, le tengo en mis oraciones, por lo del camello y la aguja.

Vale.

 

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04.08.2012 11:41

1, 2, 3, un pasito pa'lante, María(no)

 

¿Cómo era esa cancioncita de Ricky Martin? ah, sí, un pasito pa'lante, María. Un pasito pa'trás. Eso mismo es lo que están viviendo el B.C.E y Alemania por un lado y España, y en menor medida Italia, por el otro. Una semana se anuncia que ya está, que vamos pa'lante, que el euro se salva y que no hay que intervenir a España. La bolsa sube, la prima baja, los pajaritos cantan y las nubes se levantan. Pero, oh maldición, a la semana siguiente nada de nada, que no, que no se le había entendido, que donde dijo compro dice ahora paga tú; que las pensiones son muy altas en España, que los parados son muy vagos, que los estudiantes son zopencos y los enfermos unos aprovechaos. Si quieres mi amor, dicen los capitales alemanes por medio de Merkel y su draghioncillo delSancta Sanctorum del Capital europeo, tendrás que bajarte más los pantalones (es que no les llega), así es que: un pasito pa'trás, María(no).
Solo los ciegos que no quieran ver, pues hasta el ciego que quiera lo ve, no se percatan de dónde nos están llevando en esta situación. Ni siquiera tienen empacho en reconocer que los rescates a los países del sur no son tales sino que son rescates reales a los bancos alemanes y a la economía alemana. Si Grecia, Portugal y España se negaran a pagar la deuda, ilegítima de todos los puntos de vista, Alemania y sus satélites se iban al carajo inmediatamente, por la sencilla razón de que ellos son los causantes de esta burbuja con su financiación ilimitada de las locuras armamentísticas en Grecia, constructoras en Portugal y urbanísticas en España. Por eso no echan a estos países hasta que llenen el enorme agujero negro de la economía financiera especulativa que es el euro. Están llevando a los países al suicidio social, pero lo más grave es que los ciudadanos con sus votos siguen eligiendo opciones políticas que aceptan las premisas del capital centro europeo y ponen en práctica políticas deflacionarias internas con la ilusión de hacer de nuevo competitiva la economía y atraer capitales. Menuda ironía. Todas las políticas que aplicó Zapatero y las actuales de Rajoy han conseguido justo lo contrario: aumentar la fuga de capitales, disminuir la inversión y perder la posibilidad de desarrollo en I+D+i. En fin, que estas opciones políticas, ciegas de ideología, siguen con el mantra estéril de los ajustes, la devaluación interna y los sacrificios sociales. 
 
Ayer, el Señor de los ahorrillos, de Merkel, Mario Draghi, dijo que si queríamos dinero para nuestra deuda que cumplamos con las condiciones; hoy, María(no) cumple y aumenta la reducción del gasto en el doble de lo que se había dicho. Con esto consigue, oh milagro, que el coste del bono a 10 años baje a los niveles de hace dos semanas, cuando la reducción del gasto iba a ser la mitad justo. Es decir, que con el bailecito de Draghi se ha conseguido sacar a España, a todos los españolitos que no podemos sacar nuestro dinero fuera, la friolera del 50% del presupuesto anual en dos años, 12 puntos del PIB. Pero, sarcástica que es la realidad de las finanzas, esto no es sino un pequeño aperitivo. La deuda externa total de España es de 1,2 billones, 10 veces más de lo que promete pagar el gobierno. Por tanto, dentro de tres meses serán, no 100.000 millones, sino 300.000. Una locura, María(no). Y es que, como dice la cancioncita dichosa: "Ella es como un pecado mortal que te condena poco a poco. Ella es un espejismo sexual que te vuelve loco loco". 

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03.08.2012 17:26

Un hecho inaudito

 

El pasado 12 de julio, los científicos de la NASA se quedaban estupefactos ante los datos que reflejaban sus satélites. El 8 de julio, como todos los veranos, los datos reflejaban un derretimiento del hielo superficial de Groenlandia del 40%, es decir, dentro de lo habitual; pero el 12 de julio, cuatro días más tarde, uno de los satélites indicaba que el deshielo llegaba al 97%. Era imposible, pensaron los científicos, pero otros dos satélites reportaron los mismos resultados. Se confirmaba: Groenlandia había derretido el 97% de su hielo superficial en cuatro días, algo inaudito. Nunca, desde que se tienen datos, se había producido algo semejante. Ahora se trata de explicar el hecho excepcional, y ahí empieza al problema. La ciencia trabaja con un método que exige regularidad, un hecho único no puede ofrecer ningún conocimiento. Sin embargo, los científicos nos dan su explicación. Parece ser que una inusual corriente de aire caliente había provocado el evento atípico. Es decir, hay una explicación al hecho, ya no tenemos nada de que preocuparnos, es algo que no ha sucedido nunca y por tanto no tiene por qué volver a suceder.

Pero, ¿es así? Este invierno pasado fue especialmente duro en el hemisferio norte y la explicación que nos dieron es que masas muy frías del polo norte descendieron hacia el sur. Esto quiere decir que ahora le hemos pagado a los vientos árticos con su misma moneda. ¿No habrá una relación entre una cosa y la otra? Digo yo que igual que los vientos fríos tienden a descender hacia el sur, los cálidos tienen a subir al norte. Se trata de un proceso normal de compensación térmica. Lo que sucede es que el resultado final de todo esto es que el planeta cada vez está más caliente y lo hace a un ritmo que asusta a los especialistas. Nunca en la historia del planeta se ha registrado un cambio climática tan rápido, excepto en contadas ocasiones que tienen que ver con catástrofes exógenas como la caída de un meteorito de varios kilómetros de diámetro hace 65 millones de años.

 

Una lección que debemos sacar de este acontecimiento es que los hechos insólitos se empiezan a repetir de forma preocupante. El clima empieza a no ser previsible, la naturaleza está buscando su equilibrio, un nuevo equilibrio tras el duro cambio de las condiciones que ha vivido los últimos 100.000 años, tras la última glaciación. ¿Veremos pronto un huracán en medio de Europa o sequías extremas en Brasil? ¿Es posible que se seque el río Indo durante el verano o que los monzones arrasen Mongolia? ¿Quién sabe a qué hechos inauditos estamos expuestos en el futuro cercano? Seguramente a todos menos al hecho definitivo de que hemos modificado nuestra conducta individual y social y empezamos a tomarnos en serio nuestro planeta y nuestra propia existencia.

 

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27.07.2012 18:14

El tiempo apremia

Más de un tercio del PIB mundial se encuentra en los mal llamados "paraísos fiscales". Según el estudio llevado a cabo por Tax Justice Network, los multibillonarios, es que tienen mucha pasta, alojan su dinero en eso que han dado en llamar paraísos fiscales. Para ellos, la solidaridad con sus conciudadanos, el compartir las cargas sociales y la distribución de la riqueza es un infierno. No están dispuestos a dar una parte de lo que han necesitado tanto esfuerzo en robar. Para eso no hubieran dedicado tanto empeño en explotar niños, contaminar el medio ambiente y sobornar a políticos para que cambien las regulaciones laborales. Todo ese esfuerzo, si al final han de pagar una parte en impuestos, no hubiera servido de nada. No, su dinero merece un paraíso acorde a su posición. Los infiernos son para los pobres, así lo ha querido su dios y así debe ser.

Es probable que muchos piensen que la existencia de esos lugares donde no se tributa es algo "de toda la vida", como si por naturaleza debieran existir lugares en el mundo donde no se tributa. Lo cierto es que esto es un invento antiguo. Ya en el siglo XVIII los bucaneros y piratas escondían en islas remotas el fruto de su esfuerzo, eran sus paraísos fiscales. Hoy es exactamente igual, solo que no son bucaneros y piratas sino financieros, banqueros y empresarios, es decir, la traducción moderna de aquellos bribones. En lugares de nombre exótico suelen guardar los frutos de sus rapiñas globales y allí están a buen recaudo pues nadie se atreverá a enturbiar su plácida estancia. Poderosos ejércitos los protegen, ejércitos de bandera falsa, claro. A las Islas Caimán y Bahamas les protegen los marines, a la Isla de Man la Royal Navy y a Mónaco o Andorra les enfants de la patrie. Además de tener el dinero al resguardo de la avaricia de los trabajadores y pobres del mundo, que querrían dedicarlo a escuelas y hospitales, sin gasto alguno lo tienen protegido por las tropas más poderosas del planeta. No importa que en esos lugares puedan ocultarse dineros procedentes del narcotráfico, la mafia o el terrorismo internacional, eso es pecata minuta comparado con el servicio que hacen a las grandes compañías financieras. Bien vale la pena el riesgo de que Al-Qaeda tenga allí el fruto de sus crímenes, al fin todo el dinero nace ensangrentado y sin nombre.

Alguien tendrá que preguntarse el motivo por el que no se ha puesto coto a estos lugares sin tributación y bien protegidos por el sistema internacional financiero. Deberíamos tirar de ese hilo para comprender el gran crimen que se está cometiendo y empezar a pasar por la quilla a todos esos que se niegan a cambiar este mundo. Es fácil, aún disponemos de la legislación y de la autoridad. Dentro de cinco años es posible que no tengamos ni lo uno ni lo otro. Démonos prisa, el tiempo apremia.

 

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25.07.2012 19:01

Aún estamos a tiempo

 

 

Hemos dedicado muchos post a hablar de la tragedia que el país cuna de la cultura occidental está sufriendo. Ya queda poco que decir, excepto un lacónico "ya lo dijimos". A los griegos se les ha utilizado para pagar los platos rotos del sistema financiero europeo, que no está mal diseñado, como muchos analistas insisten. No, está perfectamente diseñado para lo que se pretende: que la élite que controla el capital financiero se adueñe de todo y pase la factura a los pueblos. Hagamos de nuevo un pequeño resumen de lo sucedido para que nadie se deje llevar por la ideología que ha impuesto a los medios el programa a inculcar en las mentes de los ciudadanos.

Si los amables lectores recuerdan, allá por septiembre de 2007 empezó a sonar el río de las hipotecas subprime en Estados Unidos. Apenas era la cabeza del iceberg de la crisis financiera. Tras dos lustros de ingeniería financiera, la masa monetaria había crecido un 300% y las élites sociales se había hecho con una parte considerable de la riqueza global. Todo parecía ir bien, pero a los pobres les dio por no pagar sus hipotecas y las entidades financieras empezaron a quebrar. Sin embargo, reaccionaron a tiempo: ya se habían quitado el riesgo empaquetándolo en los CDS que el resto de bancos por todo el mundo había comprado, especialmente los europeos. Pero el riesgo de quiebra lo asume el Estado americano y crea ingentes cantidades de dinero para cubrir las enormes pérdidas de los bancos americanos. Todo este dinero pasa en engrosar la deuda americana y a exportar la crisis, principalmente a Europa.

 

Ya en Europa son los países centrales, Alemania, Holanda y Austria, quienes tienen que intervenir sus bancos e inyectar sumas de dinero desorbitadas. Esos mismos bancos, nacionalidados de facto, son los que habían financiado las burbujas financieras en países como Irlanda, Grecia, Portugal, España e Italia. Son los ya conocidos como PIIGS o GIPSY. Dado que los países centrales del euro tenían graves problemas por el rescate financiero a sus bancos, deciden sacar todo ese dinero de los países del sur y comienza una campaña organizada y secuenciada de destrucción de sus economías mediante el ataque especulativo de los mercados, mercados gobernados por los bancos rescatados de Alemania, Holanda y la City londinense, que no podía queda fuera de tal festín. De forma sistemática se pone contra las cuerdas a los países mediante la especulación de su deuda ante la pasividad del BCE y la complicidad de los gobiernos títeres. No es casual que el único país que se ha salvado de este ataque fue Islandia, gracias a no pertenecer al euro, pero sobre todo por decidir no pagar la deuda de sus bancos. En el resto de países la cosa funcionó de la misma manera: 1º vincular la deuda de los bancos a la deuda pública, con la excusa de que no se puede dejar caer a los bancos; 2º hacer pagar a los ciudadanos la crisis bancaria; 3º demoler las estructuras sociales y públicas de esos estados; 4º intervenir directamente la economía. 

El procedimiento es el mismo siempre y acaba de la misma manera: expatriando la riqueza nacional hacia los países centrales del euro. Esto se ha conseguido mediante un mecanismo tan sencillo como perverso. Dado que los países han dejado de financiarse de manera prioritaria mediante impuestos y lo hacen mediante emisión de deuda, y como esta deuda no está garantizada por un banco central, caso que se daría de no haber entregado a Europa nuestra moneda, los estados quedan a merced de los prestamistas, que no son otros que los grandes bancos europeos y en parte americanos. Ahí está el instrumento. Ahora, mientras los estados centrales europeos se financian a tasas negativas y convierten su deuda en nada, nosotros contraemos más y más deudas con los bancos rescatados en Alemania, Holanda y Gran Bretaña. Si se mira bien es un intercambio de deuda: Alemania deja de estar endeudada y lo están España, Grecia, Portugal, Irlanda e Italia. Un mecanismo muy ingeniosos que los inútiles de los políticos y los vendidos de los periodistas no aciertan a explicar o no quieren explicar.

En Grecia se ha llegado al extremo de la tragedia total. Hace dos años, aquí mismo escribimos que la única opción de Grecia era dejar el euro, auditar su deuda y empezar de cero. Así, con gallardía y honor. Hoy, el FMI le niega más financiación y Alemania abre la puerta a que Grecia salga del euro. Es decir, Alemania echa a Grecia con una patada después de haber sacado todo el pringue de su economía. Grecia  dejará el euro ahora con deshonor y arruinada, cuando hace dos años lo habría hecho con la cabeza muy alta y hoy estaría fuera de la crisis. Sin embargo, a día de hoy su economía está intervenida, no dispone de fuentes de riqueza propias tras las privatizaciones y le quedan muchos años de un purgatorio duro y difícil.

Pero España, España es diferente. Aún a los griegos les queda la honra de estar interpretando una tragedia; nosotros vivimos nuestro particular sainete. Todavía estamos a tiempo de convertir esta pieza pequeña de entreacto en una gran obertura de una ópera clásica, quizás Nabucco. Estamos a tiempo de impedir que destruyan nuestra sociedad y conviertan a España en una colonia satélite de los países centrales. Estamos aún a tiempo de salir con honor del euro antes de que nos sangren y nos den la patada como a Grecia. Estamos a tiempo de cambiar el modelo de Estado y empezar un camino que nos salve de esta autodestrucción consentida. Para ello hay que eliminar a los politicuchos de tres al cuarto que solo saben servir a sus amos y tener la osadía de pensar por nosotros mismos y, sin trabas ideológicas, empezar un camino nuevo.

Estamos a tiempo, aún estamos a tiempo.

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